El norteamericano Erich Kussman dejó de estudiar a los 14 años. Sin conocer al padre y con una madre dependiente química, pasó la mayor parte de su infancia en las calles, vendiendo drogas, llevando armas y tratando de sobrevivir. Su adolescencia fue marcada por frecuentes detenciones y breves períodos de libertad. En 2004, la participación en un asalto lo llevó a ser condenado a 12 años de prisión. Hoy en día, a los 37 años, Kussman está casado, padrastro de dos niños y estudiante de maestría del Seminario Teológico de Princeton, en los Estados Unidos. El camino entre el mundo criminal y la Universidad empezó tras las rejas y contó con la ayuda de jóvenes que, en general, crecieron con mucho más oportunidades que él.

Durante sus años en la cárcel, Kussman trabajó en la iglesia de la prisión y, en 2008, el capellán lo convenció para participar en un nuevo proyecto educativo en la penitenciaría de Albert C. Wagner, en Nueva Jersey, donde Kussman cumplía su pena. “Le dije: ¿Sabes qué? ¿Por qué no? Vamos a probarlo”, cuenta. “No se ofrecen muchas cosas para hacer en la cárcel, realmente”.

A pocos kilómetros de distancia, una alianza entre dos exestudiantes de Princeton había dado origen a Petey Greene Program, el cual recluta voluntarios en universidades para ofrecer refuerzo educativo a los presos y presas que quieren terminar la enseñanza secundaria. Kussman se inscribió para participar de la edición piloto del programa y, durante un año y medio, recibió apoyo semanal de jóvenes universitarios. Fueron esos encuentros los que le hicieron querer algo diferente en la vida.

“Al principio, no lo tomamos muy en serio”, cuenta. “Recuerdo haberle hecho una pregunta a una de las tutoras, su nombre era Julia, acerca de cuánto iba a recibir por estar allí. Ella dijo: ‘No recibo nada, soy voluntaria’. Y eso me movió. Tipo, ¿quién se ofrece a venir aquí?” Con el tiempo, las reuniones fueron despertando en él la misma dedicación que veía en jóvenes como Julia.

“Los tutores de Petey Greene me ayudaron a ver fuera de la caja de mi propio pensamiento”, afirma Kussman. “Es que crecemos con un cierto estigma, ciertas creencias, pero ellos lograron trascender esas cajas y me demostraron que había vida fuera de lo que yo conocía. Y esa vida fue la que pasé a desear”.

Con la ayuda de los tutores, Kussman terminó la escuela secundaria y, cuando fue liberado, buscó el título universitario. Se graduó en estudios bíblicos y poco después fue aceptado en una maestría del Seminario de Princeton. Además de él, por lo menos otros dos ex presos que participaron de la misma edición piloto del proyecto tienen un título universitario.

Las sesiones de refuerzo ofrecidas por el programa Petey Greene son semanales, duran aproximadamente una hora y media y se realizan en los salones de clase dentro de las prisiones. La atención a los alumnos-presidiarios es individual. Los voluntarios responden dudas sobre el material educativo y los acompañan en las lecturas de texto y los deberes. A veces, son llamados para dar clases o participar de las tutorías junto a los docentes de cada asignatura. El objetivo es aprobar el examen de equivalencia, llamado Desarrollo General Educativo (General Educational Development, o GED, sus siglas en inglés), para ingresar a la enseñanza secundaria. Después de que pasan, los estudiantes terminan la fase de orientación, dejando lugar para otro recluso.

Imagen de una sala (estilo sala de estudios o biblioteca), donde aparecen unas mesas rectangulares y circulares, con personas vistiendo una camisa verde (voluntarios) y hombres vistiendo uniforme con camiseta/pantalones color beige. La mayoría está tomando notas en hoja sulfito y conversando. En el fondo, varias estanterías con libros y enciclopedias, globos y cuadros coloridos en las paredes.

Petey Greene Program completa diez años con cerca de 900 voluntarios en ocho Estados (William Volcov/Believe.Earth)

EN EL ORIGEN, UNA REUNIÓN
Fundado por Charles Puttkammer y dirigido por Jim Farrin, dos exalumnos de Princeton, Petey Greene Program nació de las ganas de interceder en el problema del encarcelamiento masivo norteamericano y de la creencia de que el conocimiento es una herramienta fundamental en el proceso de rehabilitación.

En los 60, mientras trabajaba en un programa de combate a la pobreza en Washington D.C., Puttkammer conoció a Ralph Waldo “Petey” Greene Jr., un exconvicto y habilidoso comunicador que había superado la adicción a las drogas y conducía rondas de conversación con exdetenidos en un programa de rehabilitación. “Fue un encuentro que transformó mi vida”, dice Puttkammer. Los dos pronto se convirtieron en amigos.

Alentado por Puttkammer, Greene pasó a dar conferencias y a hacer apariciones públicas. Poco después, fue invitado a programas de TV y radio y se convirtió en una de las personalidades más conocidas de Washington, D.C. hasta su muerte, en 1984. Puttkammer, a su vez, se involucró todavía más en el tema de la mayor reforma del sistema penitenciario, fundando en 2008, la organización que llevó el nombre del amigo. Hoy en día, el proyecto está presente en ocho estados americanos, con voluntarios de 32 universidades, incluyendo Harvard, Columbia y MIT, ofreciendo refuerzo educativo en 42 centros penitenciarios.

Plano abierto de un edificio bajo pero muy ancho, totalmente amurallado y con cercas. En frente, coches en un estacionamiento. El cielo es azul con nubes blancas.

Penitenciaría Northern State, en Nueva Jersey, es una de las 42 prisiones atendidas por el programa Petey Greene (William Volcov/Believe.Earth)

Este trabajo es importante porque Estados Unidos es el país con la población carcelaria más grande del mundo – son 2,3 millones de personas, es decir, un 0,7% de sus habitantes se encuentra tras las rejas. Estas estadísticas se agravan cuando se observa la cuestión racial. Según el Departamento de Justicia, la tasa de encarcelamiento de mujeres negras es casi el doble que la de mujeres blancas. Hombres negros de 18 y 19 años son 11,8 veces más propensos a ser detenidos que los blancos de la misma edad.

Además de tener una sobrepoblación en las cárceles, el nivel de escolarización de este grupo es mucho menor que el resto de la población del país: un poco más del 40% de los reclusos no ha completado el primer grado, en comparación con el 90% de los estadounidenses (con más de 25 años) en general. Aunque no existe ninguna ley federal que obligue a los centro penitenciarios a ofrecer educación a los reclusos, el 85% de las cárceles lo hacen. En 2013, un estudio encargado por el Departamento de Justicia reveló que los reclusos que participan en programas educativos son 43% menos proclives a reincidir que aquellos que no participan.

Elvis Hernández, que acaba de pasar el GED, planea ir a la Universidad tan pronto como salga de la penitenciaría Northern State, en Nueva Jersey – lo cual debe suceder en junio. “Siento que las cosas que estaba haciendo no me estaban llevando a donde quería ir, por lo que tengo que capacitarme”, dice. A los 25 años, Hernández no pensaba que iba a volver a estudiar después de ser detenido, pero sus dos hijos lo inspiraron a querer una vida mejor. Según él, el refuerzo ofrecido por Petey Greene Program fue fundamental para lograr el diploma de enseñanza secundaria. “Fue una ayuda extra, el tutor me impulsó por encima del límite para que haga la prueba y la pase”, dice.

Andrew Rhett, compañero de Hernández en las sesiones de refuerzo en la prisión, buscó el programa después de haber visto que excompañeros de la cárcel terminaron la secundaria y fueron a la Universidad. “Aquí dicen rehabilitación, pero no te rehabilitan”, afirma Rhett. “Hay que rehabilitarse solo”.

Rhett dejó la escuela a los 14 años. Con la muerte de su padre, tuvo que trabajar para ayudar a su madre y comenzó a involucrarse en el crimen. Cuando fue arrestado, no pensaba que estudiar era necesario. Hoy, a los 56 años, cambió de idea. “Todo cambió – mi visión, mis obligaciones – para mejor. Y quiero ser mejor. No solo para los demás, sino para mí”.

TRANSFORMACIÓN EN DOS SENTIDOS
No son solo los reclusos los que se benefician de las reuniones promovidas por Petey Greene. Al entrar en la cárcel, los estudiantes universitarios mantienen contacto con un mundo generalmente desconocido para ellos y que, a menudo, los hace enfrentarse a prejuicios y estereotipos. “Era la primera vez que entraba a una cárcel, entonces, la idea que tenía era como esas cosas de la televisión, como en las series que muestran a los reclusos”, dice Sahin Seda, estudiante de la Universidad de Connecticut y desde hace un año voluntaria del centro de reintegración comunitaria Cybulski .

Seda cuenta que estaba un poco nerviosa el primer día. “Pero cuando llegué allí, me sentí como en una clase normal”, afirma. “Las instalaciones son obviamente muy diferentes. Solo se puede caminar por un lado del corredor, uno debe ser escoltado para ir a la salón de clase, escoltado para ir al baño”, dice.

Para el sociólogo y catedrático de la Universidad Estatal de California en Chico, Tony Waters, las sesiones de tutoría son herramientas transformadoras para ambos lados de las rejas. “Reuniones entre presos y universitarios son importantes tanto para los presos como para los estudiantes”, afirma. “Los estudiantes necesitan ver cómo funcionan las prisiones, y cualquier contacto de los reclusos con gente de afuera es algo bueno”.

Karen Shen, estudiante de doctorado en economía en Harvard y voluntaria en una prisión de mujeres desde hace tres años, evalúa que la experiencia la ha hecho mejorar como profesora. “Creo que me hizo, espero, más capaz de sentir empatía hacia alguien que no quiere hacer las tareas un día específico o no siente confianza en su capacidad de hacer la tarea”, dice.

Una evaluación similar hace el estudiante de la Universidad Estatal de Montclair y voluntario desde hace 6 meses en Sam Mompoint. “Quiero estar seguro de que a quien esté ayudando, en cualquier nivel, reciba el mejor apoyo y educación posible”, afirma. “[El encarcelamiento masivo] afectó a nuestra comunidad. Soy negro y eso nos golpeó de muchas maneras, quitando personas que podrían haber hecho un montón de cosas por sus comunidades”, dice. “Y me gusta la sensación de poder ser útil”.

Esta relación de intercambio parece ser uno de los ingredientes fundamentales del éxito del programa. “Aprendemos de ellos y ellos aprenden con nosotros – es una calle de doble sentido”, dice Andrew Rhett. “Cuando vienen es una bendición. Necesitamos que más de ellos vengan, recojan los pedazos y nos ayuden a recomenzar nuestras vidas”.