La francesa Emilie Barrucand, de 38 años, descubrió temprano a qué vino al mundo. Inspirada por su abuela en el cuidado y dedicación de las personas mayores, niños de bajos recursos y jóvenes delincuentes, entendió que ella también podía donar su tiempo a aquellos que lo precisaban. La conexión con indígenas y la Amazonia fue el impulso necesario para que, a los 21 años, decidiera partir hacia un viaje sin retorno: en su primera visita a una aldea Kayapó, coordinada con el líder indígena Raoni Metuktire, pasó cuatro meses inmersa en el bosque en una intensa convivencia con los nativos, lo que marcaría su vida para siempre, su forma de ver el mundo y su carrera.

Graduada en Antropología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales, en París, desde hace casi dos décadas pasa de tres a seis meses por año en Brasil en las aldeas de los Pareci y Kayapó, en la Amazonia brasilera, donde se siente en casa. Como parte de su trabajo, en 2002 fundó la ONG Wayanga con la misión de proteger el medio ambiente y apoyar a los pueblos indígenas en la preservación de sus lenguas y culturas.

Entre los proyectos que realizó hay una colección de CD de audio llamada Kukradja1, con grabaciones de muchos conocimientos Kayapó que estaban a punto de caer en el olvido. Fueron años de innumerables entrevistas con ancianos para reunir información con el fin de preservar y proteger el patrimonio cultural de estos pueblos para las futuras generaciones indígenas. La ONG Wayanga también promueve reuniones de líderes, dona equipamiento para ayudarlos en la vigilancia de sus tierras y hasta financia cursos de informática, contabilidad y español a jóvenes elegidos para ser, en el futuro, los intermediarios entre su pueblo y la sociedad no indígena.

Con los Pareci, entre otras acciones, apoyó la conclusión de un libro escolar escrito en la lengua nativa, también bajo el riesgo de desaparecer, además de donar equipamiento de fotografía, audio y video para que puedan, ellos mismos, registrar y proteger su cultura y tradiciones.

Cuando no está inmersa en las aldeas, Emilie suele compartir sus conocimientos e historias con niños de diversas partes del mundo. “Trato de despertar la confianza en ellos mismos, para que puedan convertirse en actores de la creación de un mundo más sostenible”, cuenta. “Me gusta decir que en mi caso, todo comenzó cuando yo tenía su edad”. Su dedicación le valió reconocimientos como el Premio Consciencia, en 2008, por su compromiso con los pueblos indígenas. Como le gusta recordar, son guardianes del bosque y merecen nuestro respeto.

Por su actuación, creando puentes y conectando realidades distintas, Emilie será embajadora de Believe.Earth en Francia y celebra no solo el hecho de creer que el futuro puede ser increíble, sino que el movimiento nació aquí, en Brasil, su segunda – y pronto, primera – casa. En esta conversación, cuenta más acerca de su trabajo, las bellezas y desafíos que le impone.

Mujer blanca y delgada, cabello largo y rubio y ojos claros, está sentada en un banco de madera, con los codos apoyados en una mesa de madera. Al frente de ella, una niña indígena con cabello largo, negro y liso, está sentada, con el lápiz en la mano garabateando un papel. Ambas están sonriendo y mirando a la cámara. En la mesa también hay otras personas, en segundo plano, escribiendo y dibujando en papel.

Con los niños Pareci, ilustrando las imágenes de un libro sobre las mitologías de ese pueblo (Reproducción/Archivo Personal)

Believe.Earth (BE) – ¿Por qué elegiste trabajar con la Amazonia y no otro bosque?
Emilie Barrucand (EB) –
Cuando era niña, admiraba la relación de esos pueblos con la naturaleza, esa combinación de solidez y serenidad que exhalan, sus pinturas corporales. Me emocionaba con los problemas que encontraban, la deforestación que los amenazaba. Todo lo que lograba ver en ellos alimentaba mi sueño de conocerlos. Mi compromiso con ellos es un verdadero compromiso de vida. Nos hicimos amigos. Son gente admirable, de gran sabiduría y que amo profundamente.

BE – ¿Cuál es la importancia de los pueblos indígenas para el cuidado del planeta? ¿Qué podemos aprender de ellos?
EB – Los territorios tradicionales de los pueblos indígenas ocupan el 24% de la superficie de la Tierra y protegen el 80% de la biodiversidad más rica del mundo. En Brasil, pueblos indígenas como los Parecis y los Kayapós protegen la selva amazónica, la floresta tropical más grande del mundo, de la cual depende el clima y nuestra sobrevivencia.

Tradicionalmente, los pueblos indígenas utilizan recursos del bosque sin destruirlo. Extraen solo lo que necesitan, con mucho respeto. Su gestión sostenible de los recursos y su sabiduría pueden inspirarnos y ayudarnos a reinventar nuestra relación con la naturaleza y a encontrar soluciones a los problemas que enfrenta el mundo. Sus idiomas y culturas son los pilares de esta relación armoniosa y protección de la Amazonia. Es importante apoyarlos para que puedan seguir protegiendo el bosque y nuestro planeta y para mantenerlos felices dentro de sus culturas.

Viven también de un modo solidario: comparten, intercambian, se ayudan. Entre ellos, nadie se muere de hambre o es abandonado. Los ancianos son considerados sabios y son respetados. Son valores y sabiduría que deberíamos seguir para construir un mundo mejor, con más paz e igualdad.

BE – En su opinión, ¿cuáles son los desafíos más grandes de la causa indígena en Brasil hasta el momento actual?
EB – Ellos están pasando ahora por varias dificultades, ya que están siendo propuestas por el gobierno actual muchas enmiendas para reducir sus derechos y tomar sus tierras de vuelta [como la PEC 215, que propone que la demarcación de tierras sea responsabilidad del Congreso Nacional, y el Marco Temporal, una teoría político-jurídica inconstitucional, según la cual los pueblos indígenas tendrían solamente derecho a las tierras que estaban bajo su posesión el 5 de octubre de 1988]. Los pueblos indígenas deberían ser vistos como contribuidores importantes para el llamado “desarrollo”, la agricultura y la economía, en lugar de ser frenados con frecuencia.

Deberían ser considerados colaboradores de una agricultura saludable y sostenible. Han elaborado, por ejemplo, fertilizantes naturales, técnicas agroforestales de pedología [ciencia de los suelos] súper avanzadas y complejas que podrían ayudar a los agricultores. Saben más que nadie las plantas, los árboles, las estaciones de producción de frutos y semillas y podrían participar en proyectos de reforestación o en otros que tendrían efectos positivos en las haciendas, en sus propias comunidades indígenas y en el bosque.

Estos pueblos no son, como algunos todavía creen, atrasados o están estancados. Solo son diferentes de nosotros y de nuestras sociedades occidentales. Toda sociedad pasa por transformaciones y toma nuevas decisiones, así como ellos. Mientras nuestra cultura y desarrollo se basan en el materialismo, la de ellos tiene un enfoque totalmente diferente. Su cultura material es tradicionalmente simple. Para ellos, la acumulación de material tiene poca importancia – su patrimonio inmaterial y sus conocimientos son inmensamente grandes.

El materialismo genera egoísmo, que ahora es parte de los principios que rigen nuestra sociedad capitalista. El hombre debe proteger su espacio del otro, sus posesiones. Y cuanto más tiene, más miedo tiene: miedo de perder sus posesiones, miedos de que otros lo perjudiquen, miedo de que quieran apropiarse de ellos. Sus bienes terminan encarcelándolo.

De esta manera, nos apartamos de las personas, de la naturaleza, de lo divino, de nosotros mismos, para encerrarnos en un supuesto “confort”. Rodeado de objetos inertes, tecnologías de las cuales nos volvemos dependientes, estamos cada vez más solos, asemejándonos cada vez más a máquinas.

En la Amazonia, para los pueblos indígenas, el bien en sí mismo no tiene valor: es un medio para consolidar la amistad y la solidaridad entre individuos o grupos. Constantes donaciones e intercambios se hacen entre miembros de la comunidad.

Somos parte de la naturaleza. Somos dependientes de ella: respiramos su aire, bebemos su agua, nuestra comida viene de ella. Al destruirla, nos destruimos. Los pueblos indígenas tienen esta comprensión, esta conciencia, por lo tanto la cuidan.

Un amigo cacique Pareci me preguntó un día, de una manera muy seria y con preocupación en su voz: “Habrá sido que los ‘blancos’ se volvieron locos, enfermos a causa del dinero?”. Y continuó: “Ellos quieren poseer cada vez más y más. Y, para obtener riqueza, llegan a matar a otras personas, destruyendo la naturaleza que cuida de ellos, llegan a contaminar el agua que ellos mismos toman, así como la de sus hijos. Hasta abandonan a sus propios hijos, mientras trabajan para obtener aún más dinero. Llegan muy tarde a su casa, sin tener tiempo para cuidar de sus hijos, sus esposas, darles amor. Cuando tienen un coche, ya quieren otro, nunca están satisfechos. ¿Será que eso les trae la felicidad? Parecen haber contraído una enfermedad mental. Estamos preocupados, ya que esto contamina a nuestros hijos”.

¿Me pregunto si todo esto no es cierto? Dentro de estas comunidades, te das cuenta de la armonía que une a todos entre sí y con la naturaleza. Entonces, ¿quiénes son los más avanzados? ¿Somos nosotros mismos, los “blancos”? Siguiendo ese llamado “desarrollo”, estamos convirtiéndonos en máquinas, quedándonos ciegos, con cada vez menos control sobre nuestras emociones, sobre lo que hacemos, sobre el propósito de la vida. Tal vez las sociedades sean tecnológicamente más avanzadas, pero en muchos otros niveles, estamos haciendo una regresión sin llegar a la comprensión y sabiduría que estos pueblos tienen.

Una mujer mayor, indígena, cabello negro y liso, con flequillo, viste un vestido colorido y mira a la cámara. En su regazo, un niño indígena sin camisa. Del lado izquierdo de la imagen, un hombre mayor, cabello blanco, sin camisa. Ambos están sentados con la espalda apoyada en la pared blanca y mirando a la cámara. A la derecha de la imagen, una mujer blanca con cabello rubio largo y ondulado, está sentada de costado a la cámara y mirando a la pareja indígena. Sostiene un micrófono con su mano derecha.

Emilie durante la grabación de las entrevistas con el cacique Jobaw y su esposa para la producción de la colección Kukradja 1 (Reproducción/Archivo Personal)

BE – ¿Cómo las personas pueden desarrollar más empatía y respeto por los pueblos indígenas, para apoyarlos y protegerlos?
EB – Creo que tiene que haber más reportajes positivos sobre estos pueblos especialmente en los grandes medios de comunicación, mostrando sus hermosos valores, sabidurías y tradiciones de una manera justa para reducir los prejuicios que mucha gente tiene por falta de conocimiento. Esta falta de conocimiento viene en primer lugar, de la falta de información correcta y positiva sobre los pueblos indígenas.

Más eventos deberían organizarse en las ciudades, presentando los saberes, los valores que tienen estos pueblos y que pueden inspirar a los brasileros y a todos nosotros para crear un mundo más humano, solidario y sostenible. Líderes y sabios de los pueblos indígenas deberían ser invitados a estos eventos, en las escuelas y las empresas a dar charlas.

En las escuelas, los niños deberían leer libros didácticos sobre estos pueblos, aprender de sus maestros quiénes son ellos, su vida, su origen, sus particularidades. De esta manera, los adultos no tendrían prejuicios del pasado y una relación de mayor respeto y paz podría ser establecida.

BE – ¿Alguna vez sufriste prejuicio en Brasil o en el exterior por ser una extranjera actuando al lado de los indígenas brasileros?
EB – En 17 años de trabajo, ya tuve algunos encuentros no muy agradables. ¡Es normal! En todo el mundo, independientemente de nuestro género, origen y trabajo, podemos enfrentarnos a celos, críticas o juicios negativos. Hace poco tuve un encuentro con un sabio amigo de Camboya. Me dijo: “Cuanto más proyectos importantes y buenos tengas, más críticas recibirás. Lo importante es concentrarse en tus objetivos. Si las críticas son razonables, debemos aceptarlas como una manera de mejorar. Si no, no te preocupes y olvídate de lo que has oído”.

He conocido a varias personas que tenían prejuicios, no sobre mí, sino sobre los pueblos indígenas. No veo estas ideas falsas como maldad, sino como resultado de la falta de información y, en consecuencia, de la comprensión acerca de estas personas.

BE – ¿Por qué quisiste unirte a este movimiento para convertirte en embajadora de Believe. Earth en Francia?
EB – Creo que Believe.Earth está en total acuerdo con los valores que sigo. Cuando escuché sobre el proyecto, ¡me sentí believer! Acepté la invitación para ser embajadora en Francia con convicción y entusiasmo.

Me parece muy importante promover las buenas acciones realizadas por personas en distintos lugares del mundo para incentivar a otros a actuar así también. Believe también habla de “soñar para pensar y luego actuar”. Eso es lo que yo he seguido desde mi infancia: soñé, pensé y ahora actúo. El sueño y el pensamiento son las raíces de las acciones que realicé.

BE – ¿Qué te hace seguir creyendo?
EB – Siento dentro de mí que mi camino es actuar en beneficio de la naturaleza y los pueblos indígenas. Cuando estoy en ese camino, todo fluye y siento mucha felicidad y amor. No es un compromiso temporal, es un compromiso de toda la vida. Cada camino tiene sus obstáculos, desafíos superados y otros perdidos, decepciones. Por lo tanto, para seguir adelante, cuida tu propio compromiso, de ti mismo. Los primeros ingredientes necesarios dentro de sí son el entusiasmo, optimismo, confianza y amor. Para no perderse, tenemos que cuidarlos y, para eso, observarlos y comprobar si todavía se encuentran en el mismo lugar. Si algunos se pierden, hay que recrearlos. Otros factores muy importantes son la solidez y desprenderse de los resultados de sus acciones.