Hace cuarenta años Guillermo Silva Pérez entendió que la mejor forma de procesar residuos orgánicos es prensarlos en pacas y caminar sobre ellos. Su inspiración fueron los bosques, donde los residuos son naturalmente asimilados sin saturar el aire con olor a pudrición: “el bosque huele delicioso”, compara. Guillermo es el creador de las Pacas Digestoras Silva, fardos digestores que no tienen mal olor ni contaminan el medio ambiente.

“Uno sabe que los residuos están suficientemente prensados cuando camina sobre ellos – y no entre ellos”, dice, mientras marcha enérgicamente dentro de un cajón de madera reciclada donde había depositado hace un momento un cáscaras y residuos en descomposición y dos carretadas de hierba y hojarasca. Como magia, el aire fétido se disipa cuando todo el material de la caja es comprimido. La basura, ahora limpia y saludable para la naturaleza, pasan a ser parte del jardín.

La paca digestora no permite que los residuos se pudran, porque allí son fermentados. Debido al prensado, dentro de la estructura existe una cantidad mínima de oxígeno. Eso favorece el cultivo de microorganismos anaerobios e insectos recicladores que obtienen energía a partir de los residuos, facilitando la descomposición sin contaminación.

El mismo señor de la foto de portada, de piel blanca, barba, bigote, y pelo espeso y blanco, coloca un montón de rastrojos verdes, llenos de hojas, en una caja de madera natural. Está de perfil, hacia el lado derecho de la foto. Lleva gorra marrón, camiseta azul celeste y pantalón crudo. A su alrededor hay vegetación variada, un rastrillo de jardín, una pared de ladrillos y un muro más bajo al fondo.

Es posible hacer pacas digestoras compuestas únicamente de residuos de jardín, pero nunca solo de residuos de cocina (Valeria Zapata / Believe.Earth)

EMISIONES CERO
En una Paca Digestora de un metro cúbico, se logra procesar media tonelada de residuos orgánicos, que se transforman en seis meses en 150 kilogramos de abono. Lo demás se convierte en gas carbónico, el cual es nuevamente asimilado por las plantas y transformado en oxígeno e hidratos de carbono. El proceso evita la emisión de gases contaminantes a la atmósfera como metano, amoníaco y ácido sulfhídrico.

Guillermo explica que el metano no llega a formarse porque el alcohol y el vinagre  generado dentro de la Paca digestora se evaporan; y el amoniaco, que surgiría del recalentamiento de los residuos, tampoco se produce porque el volumen pequeño de la Paca digestora no alcanza altas temperaturas. “Lo máximo allí dentro son sesenta grados centígrados y el procedimiento no dura más de un día”, dice. Por otro lado, el ácido sulfhídrico, más conocido como gas de alcantarilla, necesita materia orgánica saturada de agua para producirse. Pero nunca hay mucha agua en los residuos prensados, entonces no hay gas”.

VIDA DEDICADA AL RECICLAJE
Guillermo vive en Medellín, Colombia, y pasó más de la mitad de sus 65 años dedicado al manejo de residuos orgánicos. Su búsqueda comenzó en el año 1977, cuando en un vivero de árboles, vio a un trabajador manipulando una pila de residuos orgánicos. Con cada movimiento de la pala se levantaba vapor de podredumbre, en el que bailaban las moscas. Con la intención de dignificar la labor de los recicladores orgánicos y encontrar una alternativa limpia para el manejo de residuos orgánicos, Guillermo decidió incorporar el asunto a su rutina de tecnólogo ambiental.

Un bloque de tierra de diferentes tonos y hojas secas y verdes en el centro de la foto. Alrededor, el suelo de tierra cubierto de hojas secas, algunas plantas asomando por el borde derecho de la foto, el tronco de un árbol hacia el fondo y detrás un muro de ladrillos pintado de blanco gastado.

En una Paca digestora de un metro cúbico se puede procesar media tonelada de basura orgánica (Valeria Zapata / Believe.Earth)

Hoy se encuentra en una antigua finca ubicada en el casco urbano de Medellín, con amplios jardines y una ecohuerta comunal. Allí produce las Pacas llenas de vida, en donde el follaje y las flores brotan en la superficie y centenares de insectos viven en su interior, como larvas de cucarrones y lombrices, responsables de descomponer el material orgánico.

El olor a bosque que desprenden las estructuras atrae a las personas a sentarse sobre ellas. Ningún visitante imagina que cada una está hecha de 500 kilogramos de residuos en descomposición. En medio del jardín, una nueva Paca comienza a tomar forma con tablas de madera reciclada, unidas entre sí. No tiene base ni tapa, solo cuatro tableros laterales de un metro de ancho por cuarenta centímetros de alto.

Para Guillermo esta es una pasión de tiempo completo. No se casó y no tiene hijos. Nunca quiso ser padre, pues a su modo ya hay suficiente gente en el planeta, y cuenta con gracia, “la mujer que se case conmigo tiene que estar loca y con una loca no me caso”.

LO QUE NO ENSEÑAN LOS LIBROS
La primera Paca digestora surgió en el año 1989. Desde entonces no fueron pocos los que rechazaron el proyecto. Una vez, cuando Guillermo mostraba en un evento ecológico cómo funcionaban las Pacas, los organizadores lo retiraron del proyecto después de ver cómo apilaba y prensaba la basura. “Me acusaron de violar las normas de gestión de residuos”, afirma. “Intenté explicarlo mejor, pero tampoco sabía exactamente lo que sucedía dentro de la paca. Pero estaba seguro de que era limpia – para mí, ya era suficiente”.

El mismo señor de la foto de portada, de piel blanca, barba, bigote, y pelo espeso y blanco, está en el lado derecho de la foto y ayuda a otro señor a volcar el contenido de una carretilla de metal, que queda entre los dos, de frente a la cámara. Vuelcan una gran cantidad de hojas y ramas sobre una estructura cuadrada de madera natural. El señor del lado izquierdo tiene piel blanca, pelo y bigote blanco liso, y lleva una camisa rosa claro, pantalón beige y botas negras de goma. Alrededor, algunas plantas y pequeñas palmeras de hojas verdes. En el fondo, un muro de ladrillos.

La apuesta de Guillermo Silva es que la ciudadanía tome los espacios públicos, como parques y zonas verdes, con pacas digestoras para procesar los residuos orgánicos que producen en sus casas (Valeria Zapata / Believe.Earth)

En esta técnica son pocos los artículos científicos y estudios que exploran sus beneficios. Por eso, los sentidos humanos son los verdaderos verificadores de este proceso. “¿Qué sucedió con nuestra educación que bloqueó la capacidad de observación?”, pregunta Guillermo. “Los profesionales que lidian con residuos no entienden de nada de observación. Ellos necesitan un libro. Bueno, como dicen los indígenas Arhuacos y Koguis de la Sierra Nevada de Santa Marta: ‘La Madre nos dejó a nosotros conocimiento y memoria, y al civilizado le dejó un librito.’”

La falta de validación científica es una de las razones por las que, en estos años, el ambientalista no ha tenido apoyo de ninguna autoridad en Colombia, según cuenta. Sin embargo, el apoyo ha llegado de boca en boca. Hace un año, una de las sobrinas le abrió un perfil de la iniciativa en Facebook y por esa vía empezó a tener contacto con personas interesadas en las Pacas Digestoras Silva.

El mismo señor de la foto de portada, de piel blanca, barba, bigote, y pelo espeso y blanco, sentado sobre la tierra hacia el lado izquierdo de la foto, muestra una lombriz en la palma de su mano izquierda. En la derecha sostiene un cuchillo grande con mango naranja. Lleva gorra marrón, camiseta azul celeste de manga corta y pantalón crudo. Delante de él hay un agujero cuadrado en la tierra. Alrededor, tierra, con algunas hojas secas y brotes verdes.

Al interior de la paca viven cientos de insectos, larvas de cucarrones y lombrices, que descomponen los residuos (Valeria Zapata / Believe.Earth)

HISTORIA SIN FIN
El primer proyecto significativo con Las Pacas Digestoras fue logrado en colaboración con el colegio Conquistadores, de la ciudad de Medellín, en el año 2008. A partir de ese momento la propuesta educativa de la iniciativa se fortaleció y llamó la atención de otros entusiastas del reciclaje orgánico saludable, que ya han llevado la idea a países como México, España, Argentina y Uruguay.

Guillermo no patentó el trabajo. “Patentar es permitir que una persona pueda explotarlo con exclusividad, y yo no quiero hacerlo solo. Quiero que miles se adhieran a la idea”. Cuando alguien lleva adelante esta causa y agrega a la invención otras técnicas de reciclaje, las Pacas Digestoras se mantienen vivas. Así es que esta historia no tiene un punto final. “Tenemos que terminar de inventarla”, dice.