Era el día en que tenía que volver a casa después de la primera semana de clases del curso técnico en el que había acabado de entrar. Anderson Silva, de 21 años, se subió a la bicicleta y en el camino a la estancia Ribeirão comenzó a observar el paisaje. No era algo diferente a lo que estaba acostumbrado a ver, después de todo era el mismo lugar donde nació y creció. Pero algo había cambiado. “Miré el campo y dije: ‘¡Hombre, este es el lugar para vivir!’ ¿Cómo pasa por mi mente cambiar un paisaje natural por un paisaje urbano? Eso no tiene nada que ver conmigo. Así fue que establecí una meta en mi vida: Voy a transformar el lugar donde vivo”.

Anderson vive en la zona rural de Glória do Goitá, municipio que está a 63 kilómetros de Recife, capital del estado de Pernambuco. Es hijo, nieto y bisnieto de agricultores. Aprendió a tomar la azada a los 6 años de edad, para sembrar y cosechar en la propiedad de la familia. La tierra de 1 hectárea era su horizonte futuro. Y, cuando fue creciendo, eso comenzó a molestarle. “Aunque viviese en el campo, creía que aquel lugar no era para mí”, dice. “Comencé a estudiar y, en la escuela, los profesores nos incentivaban a buscar ´una vida mejor que la que mis padres tenían´. Por lo tanto, mi idea era terminar la enseñanza secundaria, irme del campo e ir a la ciudad”.

Su familia y él son parte de una minoría resistente, ya que tres de cada cuatro brasileros viven en áreas urbanas, según el Instituto Brasilero de Geografía y Estadística (IBGE). El movimiento migratorio hacia las ciudades se produjo de forma intensa a partir de 1950. Mientras que las zonas urbanas fueron asociadas al progreso y a las oportunidades, el campo se convirtió en sinónimo de pobreza y falta de perspectivas para los agricultores jóvenes como Anderson.

Según el Censo 2010, el número de jóvenes de entre 15 y 24 años en las zonas rurales disminuyó un 10% en una década. Como resultado, la población rural de Brasil envejeció. Si, en 2006, las personas de 25 a 35 años representaban un 13,5% de los que actualmente viven en el campo, hoy, no llegan a un 9,5%.

Anderson estaba preparado para entrar en las estadísticas del éxodo. Motivado por la cualificación profesional, entró en el curso de técnico en agroecología del Servicio de Tecnología Alternativa (Serta). Alcanzó una semana de vivencia y enseñanzas en la unidad pedagógica de Glória do Goitá para que viera en el campo algo que ya había visto hasta entonces: perspectiva profesional.

LA VALORACIÓN DEL AGRICULTOR
Oficialmente, el Serta es una Organización de la Sociedad Civil de Interés Público (Oscip). Extraoficialmente, es un promotor de la autoestima del agricultor. La organización fue fundada en 1989, por técnicos y educadores que habían sido convocados por el Centro de Capacitación y Supervisión a los Proyectos Alternativos (Cecapas). “Observamos que el trabajo del agricultor era perjudicado por la escuela”, cuenta el fundador del Serta, Abdalaziz de Moura. “Era común que el maestro dijese a los niños: “Hijo, estudia, o si no vas a terminar como tu padre, con el mango de la azada”. La escuela vendía una imagen de que el campo era atraso y la ciudad, desarrollo. Y nosotros fuimos atrás de eso, nos enfrentamos a ese problema”.

Para cambiar la lógica arraigada en la mente de los jóvenes agricultores, el Serta creó una metodología basada en la educación popular, el Programa Educativo de Apoyo al Desarrollo Sostenible (Peads), para convertir al estudiante en sujeto transformador de la propia realidad. El primer curso ofrecido fue de agente de desarrollo local, que duraba un año y medio y durante el periodo de actividades extracurriculares, fue concluido por seis grupos.

Desde 2010, el servicio cuenta con el curso de técnico en agroecología, que dura un año y medio y ha formado a 1.800 personas. Los estudiantes pasan una semana viviendo en una de las dos unidades del Serta, en las ciudades de Glória do Goitá y Ibimirim, en el interior agreste de Pernambuco. Luego, vuelven para replicar en sus propiedades lo que han aprendido. “Creemos en la educación contextualizada, en una perspectiva de convivencia pacífica con nuestro bioma”, afirma Sebastião Alves, director del Serta y educador. “En este contexto, el curso ha sido luz para una perspectiva de transformación en el campo”. Para resaltar el potencial y la riqueza de tierras como el semiárido, el Serta ha colaborado para reducir la tasa de migración de los estudiantes a las ciudades.

Un señor blanco, calvo, de ojos verdes y barba canosa tipo perilla, mira para el lado superior izquierdo. La foto enmarca parte de su rostro, con mayor definición en los ojos. El fondo está fuera de foco.

Sebastião Alves, conocido como Tião, se especializa en la construcción de tecnologías accesibles para aprovechar las potencialidades del campo (Rafael Martins/Believe.Earth)

“En ningún momento, la ciudad puede ofrecer igualdad de condiciones”, dice Sebastião. “En el campo, no se necesita registro a la seguridad social.  Con un pedazo de tierra, es posible trabajar, producir, administrar y alimentar. Lo que falta es educación. ¿Cómo vamos a resolver los problemas que nos afectan si no tenemos conocimiento?”.

Brasil tiene 15 millones de trabajadores rurales, 1,5 millones menos que en 2006, estima el IBGE. En 2006, la agricultura familiar fue la base económica del 90% de las ciudades de 20.000 habitantes. Valorar y fijar al pequeño agricultor en el campo favorece el desarrollo social local y la preservación cultural, además de equilibrar el incremento poblacional de las grandes ciudades. Es también una manera de asegurar la calidad del alimento que llega a la mesa.

El Serta atiende a 121 municipios en seis estados y se convirtió en una referencia nacional para las escuelas del campo. Desde 2016, integra el programa Escuelas Transformadoras de Ashoka, que reúne a emprendedores sociales que están innovando la educación en 34 países.

“El programa [Escuelas Transformadoras] parte de algunos principios, tales como el trabajo en equipo, que es una fuerte dimensión de nuestro trabajo, la empatía, el protagonismo del estudiante, en el que no se lo considera solo un objeto del plan de estudios y la formación para la realidad”, afirma el presidente del Serta, Germano Ferreira. “No formamos estudiantes para buscar trabajo afuera, sino para que desarrollen sus comunidades”. En 2018, el Serta se convirtió en política de estado en Pernambuco. El siguiente paso es convertirse en un centro de educación superior.

La imagen encuadra a nueve personas de pie, ocho mujeres y un hombre, alineados uno al lado del otro. El hombre está en el medio de esas mujeres. El grupo presta atención a una de estas mujeres hablando, con el micrófono en la mano. Están en un lugar bajo techo, con techo de color marrón, la pared del grupo es blanca, con un paño marrón claro colgando y algunas plantas.

A partir del encuentro en las clases del Serta, mujeres empiezan a discutir en colectivos el papel femenino en la agricultura (Rafael Martins/Believe.Earth)

Indígena del pueblo Kambiwá, Fabiana Gomes, 27 años, encontró el Serta cuando intentaba irse del pueblo donde vive, en Sertão do Moxotó (región agreste), en Pernambuco. Egresada de la clase del segundo semestre de 2016, hacía magisterio y estaba buscando nuevas habilidades cuando un vecino le dijo sobre el servicio. “Fue una llave que me abrió las puertas para poder observar el potencial que tenemos, especialmente nosotros, los que somos del semiárido”, cuenta Fabiana. “Una transformación física y mental”.

Fabiana se volvió educadora y, en la actualidad, ayuda en la formación de otros técnicos en el curso del Serta. Buena parte de los estudiantes sigue este camino, alimentando el deseo de cuidar de sus tierras a través del ejemplo. “Voy replicando las tecnologías según lo que aprendo”, dice ella, que ya no piensa en irse de la zona rural. “He hecho bioagua [equipamiento que trata el agua antes de devolverla a la naturaleza] en el fregadero de platos, cortavientos de botellas pet, composteras, huerta suspendida y biofertilizante con huesos de animales”.

EL LOGRO DE ANDERSON
Ese día, cuando llego a casa después de la primera semana de clases, Anderson comenzó a analizar la tierra donde vivía y plantaba. Aunque el 70% de los alimentos que llegan a la mesa brasilera sean provenientes de la agricultura familiar – grupo que ocupa solo el 25% de las áreas productivas –, su familia no consumía nada de lo que plantaba. Vendían toda la producción, después iban a los mercados de la región y compraban su propio alimento. Las bolsas de plástico utilizadas para traer todo eran tiradas alrededor de la casa. Cuando Anderson llegó, el padre estaba plantando maíz en medio del montón de plástico blanco.

“Viví toda mi vida en el campo y creía que sabía todo sobre el tema”, afirma Anderson. “Pero, cuando llegué al Serta, vi que no era tan así. Tenía los conocimientos populares, pero mucha cosa no sabía. Vivía en el campo, pero no vivía en armonía con la naturaleza. Entonces, estuve deconstruyendo todos mis conocimientos y reconstruyéndolos de nuevo”. La primera acción fue recoger las bolsas. Tardó una semana en llenar 25 bolsas con la basura esparcida por el suelo. Anderson preparó una presentación, se la llevó a los compañeros de clase en el Serta y recibió aplausos y lágrimas.

“Pensaba que el campo era un lugar de personas pobres, trabajo duro, que aquí no iba a crecer en la vida”, dice. “Pero aprendí muchas cosas en el Serta. Una de las más primordiales fue aumentar mi autoestima. Aprendí que soy transformador de mi realidad”. El objetivo de Anderson es que la estancia Ribeirão sea una propiedad totalmente agroecológica, que deje de producir residuos. Jóvenes como él son transformadores, capaces de garantizar el futuro sostenible de la agricultura.