A los costados de la Vía Expresa, carretera que da acceso a la isla de Santa Catarina, el barrio Monte Cristo es el escenario de un cambio colectivo de hábitos. Hace diez años, un grupo dio vida a un modelo de gestión comunitaria de residuos orgánicos en respuesta a un problema de salud pública, en una región que concentra focos de vulnerabilidad social. La idea funcionó y se convirtió en la  Revolução dos Baldinhos (Revolución de los Baldes), movimiento emprendedor de referencia con impacto sobre el medio ambiente y la calidad de vida.

Todo comenzó en 2008, cuando la comunidad de Chico Mendes, ubicada en Monte Cristo, pasó por una infestación de ratas. Después de la ocurrencia de dos muertes por leptospirosis, infección causada por la exposición a la orina contaminada de los animales, los residentes buscaron ayuda. “Un médico sanitarista explicó que no servía de nada matar a las ratas”, dice Marcos José de Abreu, Marquito, de 37 años, ingeniero agrónomo y uno de los creadores de la Revolução. “Era necesario poner fin a su fuente de alimento”. Por eso, el foco de las acciones debería ser el tratamiento de los residuos orgánicos.

Con la ayuda de la ONG Cepagro, responsable de acciones de educación ambiental y agricultura urbana – entre ellas, la huerta comunitaria de la escuela América Dutra Machado, en Chico Mendes-, los residentes desarrollaron un modelo de recolección y compostaje de los residuos orgánicos. “La Revolução no fue resultado de ninguna mente brillante, sino de un esfuerzo que reunió a muchas personas y se basó en el conocimiento de cada uno”, dice Marquito.

Los desafíos han sido concientizar a los residentes sobre los beneficios de la recogida selectiva y la participación de voluntarios. “Dos residentes se sumaron para visitar las casas para conversar con las familias e invitar a la gente a participar del proyecto”, dice Ana Karolina da Conceição, de 36 años, una de las coordinadoras de la Revolução dos Baldinhos. “Después de tres meses, ya eran  cinco participantes – yo estaba en ese grupo inicial -, que juntaban en baldes toda la basura orgánica que producían”. Hoy en día, el grupo tiene cientos de personas.

En las mañanas de los martes y jueves, el equipo de trabajo parte de la sede central para recorrer un trayecto de 2 horas que rodea las localidades de Chico Mendes y Nossa Senhora da Glória. El grupo lleva baldes en un carrito improvisado de hierro, impulsado mediante tracción humana. A lo largo del recorrido, los recipientes llenos son recogidos y sustituidos por los vacíos.

Son 150 familias registradas que depositan residuos en 38 puntos de recolección. Cada calle tiene un residente a cargo de la operación, que junta 8 toneladas de residuos por mes. “Estimamos que 750 personas son directamente beneficiadas con el servicio de recogida de residuos orgánicos”, dice Cintia Aldaci da Cruz, 30 años de edad, residente de Chico Mendes y una de las coordinadoras del movimiento.

Además de retirar la basura, el grupo produce abono orgánico con el compostaje del material y recoge aceite de cocina usado, que sirve como materia prima para producir jabón. Parte de la producción de hierbas y hortalizas de la huerta de la sede de la escuela América Dutra Machado y de un terreno a los costados de la Vía Expresa se comercializa para recaudar recursos con los que se mantiene el proyecto. El resto se distribuye a la comunidad.

LOS FRUTOS DEL TRABAJO
Mucho cambió con la llegada de los baldes. “Antes, las personas ponían la basura al aire libre – había un montón de ratas y mal olor”, cuenta Isaura Carmelina Loss, de 70 años, que vive desde hace más de 30 en la comunidad Nossa Senhora da Glória. Cuando comenzó a recoger los residuos que producía, se dio cuenta de que el ambiente quedaba más limpio y le propuso hacer lo mismo a las vecinas. Isaura vive con dos hijos. Mientras toma chimarrão (mate amargo, bebida típica que se toma en el estado de Río Grande do Sul), cuenta que, con el proceso de compostaje y el abono orgánico que recibe de las personas del proyecto, volvió a plantar, como hacía cuando vivía en el interior de Rio Grande do Sul. “Me gusta la naturaleza”, dice. “Ahora, tengo plantas en casa”.

Además de más cantidad de seguidores, la Revolução dos Baldinhos ha ganado visibilidad y reconocimiento. En 2011, Ana Karolina, una de las coordinadoras, fue al evento Terra Madre en Turín, Italia, para presentar la experiencia desarrollada en Florianópolis. En 2013, el proyecto quedó en segundo lugar en el premio Fundación Banco do Brasil de Tecnología Social y entre las cuatro tecnologías aplicables a emprendimientos del programa Minha Casa Minha Vida (iniciativa del Gobierno Federal que ofrece financiamiento de vivienda para familias de bajos ingresos). La Asamblea Legislativa de Santa Catarina también reconoció a la Revolução dos Baldinhos por buenas prácticas ambientales comprometidas con la alimentación saludable. Este año, el método será replicado en un conjunto habitacional de Minha Casa en São Paulo.

Para mantener todo funcionando, el grupo recibe donativos o presenta sus propuestas en llamados por medio de la ONG Cepagro. Otras fuentes de ingresos son los talleres y charlas sobre la experiencia y las técnicas de recogida y compostaje. “Queremos formalizar nuestro papel como cooperativa, mejorar nuestra forma de trabajo y establecer otras alianzas para, quizás, llevar la Revolução a otros barrios”, afirma Ana Karolina.

La revolución es más que un movimiento de recogida de residuos, compostaje y producción de insumos. “Cuando vamos a una casa para recoger los baldes, conversamos, averiguamos lo que pasa en la vida cotidiana de la gente y tratamos de ayudar a resolver las situaciones que se presentan”, dice Ana Karolina. Para la coordinadora Cintia Aldaci, la Revolução también aumentó la autoestima de los residentes. “Las personas empiezan a darse cuenta de que tienen fuerza, que están empoderadas, que es posible hacer algo”, afirma.