Desde el cuello para abajo, el cuerpo estaba teñido de negro de jenipapo, un fruto utilizado por los indígenas como pintura corporal, que demora días en salir. La única prenda era solo una bermuda de nylon verde hasta la rodilla, un collar hecho de dientes de jaguar y gafas de sol espejadas que podrían ser utilizadas por un surfista.

Pero el interés de Akã Panará es otro. La postura es de un viejo guerrero que aún conserva fuerzas para resistir si fuera necesario, pero alcanza que el mayor de los Panará empiece a contar la historia de su supervivencia (leer más aquí) para que la sonrisa aparezca.

En 2017, hizo 20 años de haber concluido su retorno a una parte de sus tierras tradicionales en el Río Iriri, en la frontera de Mato Grosso y Pará, dejando el Parque Indígena do Xingu (MT) después de un largo exilio forzado que ni incluso ellos mismos sabían que iban a pasar tanto tiempo.

- Foto en negro y blanco donde un hombre indígena llevando una corona de plumas, vistiendo short vaqueros y camiseta blanca, está posando para la foto delante de una placa con la inscripción “BR-163”.

Akã en la primera visita a la tierra natal: construcción de la carretera que cortaría el estado de Mato Grosso y la tierra de los Panará, en 1991 (Foto: Steve Schwartzman)

Los Panará, también conocidos como indios gigantes – había un mito de que eran muy altos, pero la altura promedio de ellos no pasa de 1,70 metros – vivían en la cuenca del río Peixoto de Azevedo, región que se extendía desde el municipio de Colider, en Mato Grosso, hasta el río Iriri, en Pará. Son una parte del retrato de lo que el “milagro brasilero” del progreso en la época de la dictadura le causó a los pueblos indígenas. La construcción de la carretera BR-163, en la década del 70, cortaría no solo los estados de Mato Grosso y Pará, uniendo Cuiabá y Santarém, sino también la tierra donde vivían los indígenas, llevando enfermedades y muerte.

Este contacto con el hombre blanco durante la construcción de la carretera ha hecho que la población de los Panará se redujese a menos de 80 miembros. “Claudio [Villas Bôas] nos pidió ir a Xingu, si no iba a morir todo el mundo y fuimos”, contó Akã en el reportaje, durante una entrevista detrás de su casa en la aldea de Nãsepotiti. “Empezamos a hacer una plantación en Xingu, pero no había ninguna tierra o bosque bueno. No nacía nada. Maíz, mandioca, banana, no nacía. El bosque también era malo para la caza y el lugar no tenía las frutas que comíamos”. Los recursos naturales en Xingu son diferentes de los que existen en Peixoto de Azevedo, lo cual dificultaba las actividades de subsistencia, desde el cultivo hasta la construcción de casas.

Dentro del Parque Indígena do Xingu, con un área aproximada de 27.000 kilómetros cuadrados, cambiaron de aldea siete veces, siempre en busca de condiciones similares a las de su tierra original, pero en ningún lugar encontraron condiciones favorables para llevar la misma vida de abundancia de alimentos que tenían antes. Otro indicador de la no adaptación fue el crecimiento poblacional. “¿Hay algún pedazo de nuestra tierra de origen que haya sobrado?”, le preguntó Akã a un primo, “porque esta de aquí no va a dar”. Comenzaba, así, la saga de los indios gigantes para descubrir si los blancos habían dejado todavía algo del bosque o si ya se habían “comido todo” con sus máquinas y tractores.

INDIGNACIÓN Y TIERRA DESTRUÍDA
En 1991, con la ayuda del Centro Ecuménico de Documentación e Información – una de las organizaciones que darían origen al Instituto Socioambiental (ISA) – realizaron un sobrevuelo por la zona. El escenario trajo tristeza. Donde un día nacieron árboles y alimentos, brotaban solo garimpeiros, madereros y deforestación.

De acuerdo con Márcio Santilli, socio fundador de ISA, los Panará estaban indignados con el escenario de devastación que encontraron 20 años después de su salida. Pero, desde lo alto, era posible ver un área de bosque que había quedado. “Vamos a quedarnos aquí, sobró tierra, ¡los blancos no comieron todo!”, contó Akã. 

Comenzaron entonces conversaciones con Funai (Fundación Nacional del Indio) y una batalla legal que le garantizaría a los Panará no solo la demarcación de aproximadamente 495.000 hectáreas de tierra, en 1996, así como una indemnización por un monto de 1,2 millones de reales (353.000 dólares aproximadamente), que los haría entrar en la historia como el primer pueblo indígena, en Brasil, en ser indemnizado por el Gobierno por daños morales y materiales debido a las consecuencias de la construcción de la carretera BR-163.

EL REGRESO
Los Panará son los últimos descendientes de los Cayapó do Sul, un numeroso grupo que vivía en la región de Minas Gerais y había sido considerado extinto. En 1970, ocupaban diez aldeas y tenían una población estimada de entre 300 y 600 personas. Cuando fueron trasladados al Parque Indígena do Xingu, en 1975, eran 79. Los datos constan en el libro Panará, a Volta dos Índios Gigantes (Panará, la Vuelta de los Indios Gigantes, en traducción libre) producido por ISA, con ensayo del fotógrafo Peter Martinelli y texto de los periodistas Ricardo Arnt, Lúcio Flávio Pinto y Raymond Pinto. El regreso se inició en 1995 y aún serían necesarios tres años más para que abandonaran por completo Xingu e inauguraran la aldea Nãsepotiti, con 178 personas.

Actualmente, los Panará suman más de 600 personas en cinco aldeas. Si lo que querían era abundancia, tuvieron éxito. Siembran maíz, papas, cará, banana, mandioca, calabaza y maní. También hay una gran cantidad de peces y un montón de caza. Los niños crecen fuertes y sanos.

Hombre, aparenta 30 a 40 años, moreno, pelo corto, sin camisa y con una parte de su pecho pintada con rayas negras. Mira a la cámara sin sonreír. Atrás algunos árboles aparecen fuera de foco.

El cacique de la aldea Nãsepotiti pueblo, Sinku Panará, fue el primer niño nacido en Xingu. “Quiero que vean que volvimos y lo logramos” (Maria Fernanda Ribeiro/Believe.Earth)

“Estaba feliz de estar de vuelta porque este es nuestro lugar, aquí está nuestra tradición y aquí hay comida nativa. Por eso crecimos. Muchos bebés nacieron aquí”, afirma Akã.

Sinku Panará es el cacique de la aldea Nãsepotiti y fue el primer niño nacido en Xingu. Recuerda los viajes de Akã y las reuniones que se llevaron a cabo para discutir el retorno a la tierra ancestral. “Salía a cazar con mi padre y él siempre decía que allí en Xingu no estaba bueno, que no había frutos comestibles y que necesitábamos volver porque aquí sí había buena comida”, dice. “Por eso hoy me siento feliz con la cantidad de niños en la aldea. Y quiero que crezcamos todavía más para que el blanco vea que volvimos y lo logramos”.

 Un muchacho indígena, moreno, pelo corto y negro ojos marrones, está sin camisa, apoyado de espaldas a una pared de madera. Mira fijamente a la cámara.

Niño Panará: después de volver a la tierra de origen, bienestar de la gente es señalado como uno de los motivos por los que las aldeas están llenas de integrantes de la nueva generación (Maria Fernanda Ribeiro/Believe.Earth)

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Reportaje parcialmente financiado por el International Center for Journalists (ICFJ).
Este contenido es promovido en alianza con Instituto Socioambiental (ISA)Greenpeace.