Fue en el año 2014, en la cumbre del clima en Perú, que la ONU fue taxativa al decir que en las discusiones sobre cambios climáticos era imprescindible tener un enfoque de género. Sin embargo, un equipo de mujeres ya hablaba de esto mucho antes, desde el comienzo de los años 90, levantando esta bandera en la conferencia del clima Río-92. La brasileña Thais Corral era una de ellas. “Nuestra misión era movilizar el mayor número de mujeres para participar. Era necesario dejar claro que podíamos – y debíamos – hablar sobre asuntos que no eran considerados femeninos, pero que afectan directamente nuestro futuro”, afirma.

Thais fue una de las fundadoras de Wedo (Women, Environment and Development Organization), una ONG internacional creada en esa época para incorporar la movilización de las mujeres en la agenda ambiental. En la conferencia de Río de Janeiro, Wedo elaboró un documento llamado Women’s Action Agenda for a Healthy Planet (Agenda de Acción de las Mujeres para un Planeta Saludable).

La ONG creció, recibió diversos premios y hasta hoy ejerce una fuerte presencia en la defensa de las mujeres y de un planeta más sustentable. Thais fundó otras organizaciones,  coordinó un programa de desarrollo sostenible para el gobierno brasileño y creó un proyecto premiado por la ONU, en el nordeste, para capacitar mujeres en la gestión de agua y una red de emisoras dirigida a centenas de mujeres residentes de comunidades brasileñas.

IMPACTO DESPROPORCIONAL
En esta trayectoria de casi tres décadas de activismo, Thais fortaleció la convicción de que la cuestión de género debe estar en la pauta de cualquier discusión sobre soluciones climáticas. Sin embargo, es necesario hacer que esa discusión realmente produzca cambios. Y esto solo se lleva a cabo cuando las personas se orientan en la dirección correcta. “Muchos debates giran en torno a temas muy generales, mientras que las cuestiones que afectan con más fuerza y urgencia a las mujeres, normalmente se dan en el ámbito doméstico”, dice Thais.

Para ella, falta atención a problemas básicos, como el saneamiento y la gestión de residuos. “Si el agua no llega o no hay alcantarillado, las mujeres son las más perjudicadas, porque generalmente son ellas las que cuidan de los niños, de los enfermos”, afirma. “La epidemia de zika es un ejemplo de cómo esta franja de la población, especialmente la de baja renta, es la más afectada”.

Asimismo, las sequías en los países en desarrollo hacen que las mujeres tengan que andar grandes distancias para encontrar agua. Esto conlleva una pérdida de oportunidades de trabajo para ellas, que pasan a dedicar todo su tiempo a cumplir las demandas necesarias para sobrevivir. Otro hecho que muestra cómo ellas están en el centro del problema es que, cuando ocurre un desastre natural, las comunidades más pobres sufren más – y el 70% de los que viven abajo de la línea de pobreza son mujeres.

“No sirve de nada colocar más mujeres en el poder y continuar repitiendo los modelos que las perjudican”.

La misma mujer de la foto de portada, de piel blanca, pelo corto, liso, castaño, se agacha sobre un pasto, extendiendo el brazo izquierdo en dirección a un área circular de tierra oscura bordeada por piedras. Lleva un vestido gris de tirantes, sandalias negras y una diadema fina plateada en la cabeza. Con la mano derecha sujeta un vaso de cristal transparente y un tejido blanco. Al fondo, el pasto y la parte inferior de las piernas de varias personas.

Thais y el trabajo con mujeres en el campo: ellas están al frente de las decisiones sobre alimentación en las familias (Reproducción/Archivo Personal)

UN NUEVO CICLO
Las mujeres representan el 80% de los trabajadores rurales en África y en Asia, regiones vulnerables a eventos climáticos extremos. En Brasil, los problemas ambientales más graves ocurren en la región nordeste, donde las sequías e inundaciones tienden a intensificarse, según investigaciones de los órganos vinculados al Panel Internacional de Cambios Climáticos (IPCC).

Cuando conversó telefónicamente con Believe.Earth, Thais estaba en la Cuenca del Jacuípe, en el interior de Bahía, desarrollando uno de sus proyectos, Adapta Sertão. En esa área, las temperaturas promedio aumentaron 1,75 grados centígrados entre 1962 y 2012. El promedio de lluvias se redujo en 300 milímetros en el mismo período. Con esta situación, la producción agrícola disminuyó y la tasa de deforestación aumentó, intensificando los impactos locales de los cambios climáticos.

“Este escenario motivó nuestras acciones de apoyo a la agricultura familiar, especialmente con el desarrollo de cooperativas y el acompañamiento de las líneas productivas, que normalmente están vinculadas a las mujeres”, cuenta Thais. “Ellas representan el 99% de la fuerza de trabajo de la cooperativa que hace la recolección del licuri, por ejemplo, que es procesado para la extracción de aceite. Ayudamos en la mecanización de este sistema, que genera renta para las mujeres y sus familias”.

Un jardín en medio de una gran área verde. En medio y hacia el lado izquierdo, una placa de madera, clavada en el pasto, dice “Baño seco”, escrito en verde. Al fondo, a la izquierda, una casa pequeña con las paredes color salmón y árboles dispersos en una ladera ascendente.

La hacienda Sinal do Vale, en Río de Janeiro, acoge uno de los proyectos de Thais para experimentar soluciones en pro de un mundo más sostenible (Reproducción/Archivo Personal)

CAMBIO CULTURAL
Una de las iniciativas más recientes de Thais es Sinal do Vale, una hacienda a 50 kilómetros de Río de Janeiro, en plena Mata Atlántica, que funciona como un laboratorio para probar proyectos de resiliencia e ideas, en pro de un futuro sustentable. “Trabajamos con iniciativas orientadas a la regeneración del suelo, a la reducción de la basura y a la valorización de ingredientes locales. Sinal también es un intento de cambiar modelos, repensar la cultura y la manera en cómo trabajamos juntos”.

Uno de los cursos impartidos en el lugar es sobre culinaria curativa, con alimentos menos procesados y sin aditivos químicos. Según la activista, la mayoría de los participantes son mujeres de la región. “Ellas observan de cerca problemas como la diabetes precoz en los niños, quienes sufren los efectos de la superindustrialización de los alimentos. Y sabemos que uno de los sectores que más contribuye con el efecto invernadero es la agricultura a gran escala, que está relacionada al procesamiento de la comida”, afirma.

“Es preciso ver como todo está interrelacionado. Frente a un escenario en que las personas no saben muy bien por dónde empezar, las mujeres están reaprendiendo a cocinar de manera saludable, sin gastar en productos ultraprocesados, y llevan ese aprendizaje a sus comunidades”, dice Thais. Esto sí es transformador.