Dar un techo a quienes no lo tienen es el ideal que mueve al norteamericano Alan Graham, uno de los fundadores de Community First! Village, una villa en Austin, capital de Texas, que acoge a ex personas que han estado en situación de calle en 140 microcasas, de 16 m2 a 18 m2, y 100 motorhomes, vehículos equipados con cocina, baño, dormitorio y sala de estar.

La idea de formar la comunidad provino de la experiencia en la ONG Mobile Loaves & Fishes (MLF), que Alan fundó en 1998 para distribuir comida en food trucks para aquellos que viven en la calle. “Ya trabajaba con voluntariado antes de eso, pero lo hacía por las razones equivocadas”, asume. “Era para impulsar la carrera o conocer gente nueva de mi área”. Aún así, el sentido colectivo, dice, siempre ha estado presente: nació en la infancia, cuando viajaba con los padres en motorhome. “Eran muchas familias que no se conocían entre sí compartiendo el mismo espacio”, afirma.

Community First! Village es más que un refugio. En la estructura instalada en un área de 11 hectáreas existen cocinas, lavanderías y baños comunitarios, ya que las microcasas no tienen cañerías, además de cine, capilla, huerta comunitaria, cementerio, aserradero, clínica médica, tienda de conveniencia, jardín y biblioteca. Las calles llevan nombres como Camino de la Paz (Peaceful Path) y Vía de la Bondad (Goodness Way).

Casi 100 voluntarios trabajan diariamente en la limpieza de este pequeño pueblo a 14 kilómetros del centro de Austin, haciendo desde la jardinería hasta el mantenimiento de las áreas. La ONG no recibe ayuda del gobierno. Con los altos costos para mantener la iniciativa – unos 4 millones de dólares por año – la institución organiza eventos abiertos a la comunidad, como sesiones gratuitas de cine y ferias para la venta de productos. Son vías para fomentar que más y más personas se involucren con la causa y sean parte del equipo, colaborando económicamente o simplemente llevando el propósito adelante.

Un hombre mayor, tez blanca, con barba blanca, vistiendo una camisa azul, gafas y gorra negra. Sonríe a la cámara. Atrás, un camión con la palabra "Goodness" (bondad).

Alan Graham y la palabra de orden de la ONG: bondad (goodness) (Difusión MLF)

Desde que compró un motorhome usado para sacar a los desamparados de las calles, en 2005, Alan no renunció a su sueño solidario. Invirtió dinero propio y obtuvo donaciones para lograr otras 50 unidades que asistían a 115 personas. Al principio, los vehículos estaban lado a lado en lugares de estacionamiento. Hasta que, en 2012, surgió la oportunidad de tener un terreno para llamarlo hogar, por 350.000 dólares. Tres años más tarde, Community First! Village abría sus puertas.

El número de personas sin hogar en el condado de Travis, que tiene Austin como ciudad sede, es de 2.036, según una encuesta realizada en enero por el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) de los Estados Unidos. Texas y otros cuatro estados norteamericanos concentran la mitad de la población de personas sin hogar en el país. En total, son 23.122, según el Informe Anual de Evaluación de los Sin Hogar (AHAR) de 2016.

DE LA CALLE HASTA LA VILLA
Antes de mudarse a Community, el interesado debe ir hasta allí para conocer el espacio y los modelos de casas disponibles. “Uno de nuestros amigos quería un modelo que solo estaría listo en cuatro meses”, cuenta Alan. “Prefirió permanecer en la calle y esperar – y no intentamos que cambie su idea y que elija otra casa. Es gratificante el poder de elección para aquellas personas que no sabían lo que era eso”.

Las viviendas no son gratuitas, pero los precios se mantienen muy por debajo del mercado. Vivir en un apartamento pequeño en Austin no sale generalmente menos de 1025 dólares por mes-solo de alquiler. En la comunidad, una microcasa amueblada para una persona cuesta 225 dólares por mes; el motorhome, que puede acoger parejas y familias en 26 m2, está en 500 dólares. Las cifras incluyen agua, electricidad, servicios y el uso de las instalaciones.

La selección de los residentes se realiza en colaboración con la ONG Echo (Ending Community Homelessness Coalition) y el proceso puede tomar meses. El primer requisito es ser lo que ellos llaman un sin hogar crónico, que presenta una condición que lo incapacita y vive en las calles o en un lugar considerado inhabitable por más de 1 año o varias veces en el correr de tres años. El segundo criterio es tener una fuente de ingresos, que puede ser la jubilación por discapacidad, subsidio de familias, iglesias y otras instituciones o Social Security, beneficio similar a la seguridad social, que da asistencia a los desamparados.

Cuando el residente no recibe lo suficiente para pagar la cuota de depósito y el monto de la inscripción, parte de las donaciones recibidas cubre los primeros meses, hasta que el residente logre establecerse y empezar a trabajar.

Y hay reglas a seguir: pagar el alquiler en fecha, cumplir con las leyes civiles y normas de la comunidad, como el mantener la limpieza de los ambientes. En estos dos años de operación, 12 personas han tenido que salir del pueblo por no seguir las reglas. Algunas de ellas no tenían dinero para la matrícula porque gastaban lo que recibían en estupefacientes. “Cuando vives en un espacio de este tamaño, todos terminan sabiendo quién está usando drogas, principalmente porque nos preocupamos unos por los otros”, dice Alan. “De los 180 residentes, quizás haya diez usuarios”.

El consumo no es razón para que alguien sea desalojado, pero, sí, comportamientos abusivos derivados de la adicción, como molestar a otros y llevar traficantes de drogas a la propiedad. Todos los residentes reciben supervisión de médicos, enfermeras y trabajadores sociales de las organizaciones asociadas.

Una de las maneras de generar ingresos para los residentes que tiene la ONG, es llevar a cabo talleres de herrería, pintura, escultura y cerámica-lo que sale de allí es vendido en la tienda de conveniencia. Otra es pagar por el trabajo de los residentes que son responsables de cultivar y cosechar alimentos de la huerta de la comunidad, supervisar los espacios colectivos y garantizar la limpieza y organización de cada lugar. Quien dirige este proceso de remuneración es Robin Draper, de 46 años, que se mudó en septiembre de este año con su hija, Avery, de 7 años, a uno de los motorhomes.

Durante los tres años que estuvo en las calles de Austin, Robin era adicta a las drogas y alcohol. Hoy en día, utiliza esta experiencia para acoger a los recién llegados. “Hay un tiempo de adaptación a la villa porque aquí es muy diferente de las calles”, dice. “Tuve que lidiar con los mismos problemas de muchos de los nuevos miembros, por lo que se identifican conmigo y se relacionan más fácilmente”.

Una mujer joven, rubia, de pelo corto, sonríe a la cámara. Está dentro de un buggy rojo (coche todo abierto y para dos pasajero). Al fondo, una pequeña casa de madera.

Robin Draper, una de las residentes beneficiadas por la comunidad (Renata Borges/Believe Earth)

LOS MOTIVOS CORRECTOS
Alan Graham incluso puede haber comenzado en voluntariado por las razones equivocadas, como dice. Pero cambió de rumbo enseguida. En el libro Welcome Homeless (un juego con la expresión “bienvenido, hogar” y “bienvenido a casa”, en traducción libre), lanzado a principios de este año, relata su historia y la de algunas personas sin hogar que han marcado su trayectoria. Como la de Houston Flake, quien falleció en 2002.

“Éramos cinco hombres en una zona prestigiosa de la ciudad y pensábamos que salíamos de ahí para alimentar a los desamparados”, afirma. “No teníamos idea lo que estábamos haciendo hasta que Houston se unió a nosotros. Él era nuestros ojos y oídos en la calle”. Houston ayudó a dar forma al negocio que es uno de los pilares de la MLF y existe hasta hoy, con voluntarios que entregan casi 1.200 comidas al día en Austin en 12 food trucks.

Un hombre blanco (Houston) que aparenta un poco más de 40 años, está vistiendo una camisa a rayas coloridas, sonriendo a la cámara y sosteniendo una especie de caja laminada. Del lado derecho, otro hombre canoso (Alan) y más viejo, lo ayuda a sostener el objeto.

Houston Flake y Alan Graham en el primer food truck, en 1999 (Difusión MLF)

En la actualidad, 45 empleados ayudan a Mobile Loaves & Fishes a seguir adelante. Cuatro de ellos son miembros de la familia Graham. En marzo de este año, Alan y su esposa, Tricia, pusieron en venta la casa donde vivieron por 33 años y criaron a sus cinco hijos y se mudaron a una de las casas de la comunidad.

“Los vecinos respetan nuestro espacio, pero algunos de ellos ya han venido a nuestra casa por la noche cuando lo necesitaron”, dice Tricia, que trabaja en la ONG desde su fundación. “Durante mucho tiempo, no tuvieron con quien contar a cualquier hora y yo me siento realizada en poder hacer eso”.

“Nuestro trabajo va más allá de construir un techo, dar una cama o entregar un alimento”, añade Alan. “Solo la vivienda nunca resolverá el problema de las personas que viven en las calles. Pero la comunidad sí lo hará”.