La hacienda de Ernst Götsch en Piraí do Norte, al sur de Bahía, lleva el nombre Olhos D´Água (Ojos de Agua, en traducción libre). El lugar realmente está haciendo lagrimear los ojos ante el exuberantes bosque, pero el nombre hace referencia a las 14 nacientes que rebrotaron en esas tierras gracias a las manos de este agricultor e investigador suizo de 69 años. Cuando Ernst se instaló en la región a principios de 1980, esa era la hacienda de Fugidos da Terra Seca (Fugados de la Tierra Seca, en traducción libre), un área degradada que había sido deforestada para la extracción intensiva de madera y apertura de pasto, y luego abandonada.

Profundo entendedor de los sistemas naturales, Ernst se levantaba a las cinco de la mañana de lunes a domingo para hacer su revolución. En un año, plantó 500 hectáreas de bosque intercaladas con cacao, banana, hortalizas. Una década más tarde, los técnicos del Instituto Brasileiro do Meio Ambiente e dos Recursos Naturais Renováveis (Ibama) de Salvador quedaron sorprendidos al ver imágenes aéreas de la región y fueron hasta allí para entender lo que estaba sucediendo en la tierra del gringo, como lo conocen. Desde arriba, lo que se veía era un denso bosque que ocultaba una zona agrícola altamente productiva.

Imagen aérea de un terreno lleno de árboles y plantas.

Vista aérea de la hacienda de Ernst en Piraí do Norte, en el interior de Bahía: abundante vida en área que un día fue castigada por la sequía y degradación (Agenda Götsch/Life in Syntropy)

El sistema adoptado por él, después llamado agricultura sintrópica, regeneró la fertilidad del suelo, reavivó las nacientes que habían desaparecido y trajo la lluvia de vuelta, generando un ciclo continuo de renovación. ¿Cómo fue hecho esto? “Trabajando junto con la naturaleza y no contra ella”, responde Ernst. “Con estrategias que se asemejan al modo de funcionamiento de los ecosistemas naturales”.

Este concepto, explica, considera que todas las especies son parte de un macroorganismo que funciona bajo la lógica de la cooperación y el amor incondicional a la vida. “Nosotros, seres humanos, somos parte de ese sistema”, dice. “En vez de explotadores, podemos ser creadores de recursos”. 

La técnica que combina agricultura y bosque para revitalizar el ecosistema comenzó a difundirse y atrajo a interesados como Henrique Souza, dueño de Fazenda Ouro Fino (Hacienda Oro Fino, en traducción libre), en Jaguaquara, Bahia. En 1995, cuando estaba en el primer año de la facultad de agronomía, Henrique supo del suizo que tenía un método de siembra parecido a lo que él imaginaba. En las vacaciones de julio, se dirigió a Piraí do Norte, a 65 kilómetros de donde vivía, para conocer la iniciativa. “No tenía ninguna duda de que ese era el camino que debía seguir”, cuenta.

Ernst se convirtió en su consejero, tanto en la facultad como en su pedazo de tierra. Acompañado por el maestro, Henrique transformó su propiedad en un bosque que aporta la materia prima necesaria para producir pulpa, frutos secos, miel, harina, semillas y plántulas comercializadas por su familia. Todo en un ambiente autosustentable, libre de fertilizantes y pesticidas, en el cual la naturaleza produce el abono y la defensa que necesita.

La foto muestra un hombre con cabello grisáceo, vistiendo camiseta blanca, con un machete en la mano, en el medio del bosque.

La poda de árboles y el depósito de material orgánico en el suelo tienen un papel importante en la agricultura sintrópica (Agenda Götsch / Life in Syntropy)

LAS BURBUJAS DE VIDA
Tomaron 15 años para que la agricultura practicada por Ernst fuera nombrada como sintrópica. Pero el término ya era parte de su vocabulario para explicar el potencial de los sistemas ecológicos cuando son enriquecidos por la acción humana. “Cada planta necesita no solo del suelo, nutrientes y agua, sino también de condiciones microclimáticas para desarrollarse”, afirma el investigador. “Cuando entienden eso, los agricultores crean ecosistemas biodiversos que proporcionan a cada planta una burbuja de vida, eliminando el uso de veneno y fertilizante”.

En áreas degradadas, la recuperación es acelerada por el depósito de materia orgánica en el suelo. Es común ver a Ernst con un machete en la mano, podando y cortando ramas que luego van a descomponerse, desarrollando hongos y bacterias que ayudan a fijar los nutrientes en el suelo, como el nitrógeno.

La siembra de cultivos agrícolas sucede junto con la de las plántulas y las semillas de árboles. Van creciendo, creando sombras y ayudando en la restauración de la fertilidad de la tierra. En un máximo de dos meses luego de la implantación, el agricultor ya comienza a cosechar legumbres y, más adelante, otros productos como piña, maíz, mandioca, verduras y legumbres, generando ingresos para invertir en la recuperación de la zona y en el desarrollo de nuevos cultivos.

El sistema fue desarrollado por Ernst cuando todavía vivía en Suiza. Mientras trabajaba con mejoramiento genético en una institución de investigación de prestigio, Zurich-Reckenholz, se preguntaba si no sería más productivo mejorar las condiciones ofrecidas a las plantas, provocando el equilibrio ecológico, en lugar de volverlas genéticamente más resistentes.

Después de renunciar, pasó algunos años probando su hipótesis en suelo europeo y recibió invitaciones para poner en práctica su descubrimiento. En 1979, Ernst enseñó métodos de agricultura sostenible en un proyecto de acogida de refugiados nicaragüenses en Volcán de Buenos Aires, en Costa Rica, durante el período de la guerra civil en Nicaragua.

En 1982, terminado el conflicto, llegó a Brasil para asesorar a un coterráneo propietario de un área improductiva en Bahía y compró Fugidos da Terra Seca, con planes para recuperarla con la reforestación y el cultivo de cacao. Hoy en día, su granja exporta cacao orgánico de alta calidad, por un valor cuatro veces mayor que el producto convencional.

Después de años de aplicar sus conocimientos en sistemas más pequeños, el investigador pasó a probarlo, con éxito, en la agricultura a gran escala. Una propiedad que ya cosecha buenos resultados es Fazenda da Toca, del empresario Pedro Diniz. En 2017, Ernst comenzó una asociación con un importante productor de granos en el municipio de Río Verde, en el sur de Goiás, que, después de conocer el trabajo en Fazenda da Toca, decidió plantar 50 hectáreas de agroforestería mecanizada.

La foto muestra un grupo de personas sentadas mirando el horizonte, mientras, en el medio, un hombre con cabello grisáceo (Ernst), de pie, apunta al horizonte.

Ernst dicta curso para agricultores en Olot, cerca de Barcelona, en España, en 2016 (Agenda Götsch/Life in Syntropy)

LA CULTURA DE LA REGENERACIÓN
Ernst formó muchos agricultores que lo ayudan a difundir el manejo sintrópico en varias regiones de Brasil y del exterior. Como Sezefredo Gonçalves da Cruz – “hijo de Barra do Turvo y agricultor desde la época en que andaba sin zapatos y de pantalones cortos”, como le gusta presentarse -, que conoció el sistema en 1996.

Ese mismo año, Ernst hizo una capacitación a agricultores en el municipio de Barra do Turvo en Vale do Ribeira, en el interior de São Paulo. La agricultura que se practicaba allí se basaba en derribar la plantación y quemar los restos en el campo. “Trabajábamos mucho y destruíamos la tierra con fuego y veneno”, dice Sezefredo, hoy con 76 años. “En lugar de ganancias, tenía perjuicio y era cada vez más pobre. El veneno mataba a los insectos, que decían que eran plagas. Pero plaga es el hombre que quiere acabar con la naturaleza”.

Con otros pioneros de la agricultura sintrópica de la región, Sezefredo comenzó a ayudar a los agricultores a migrar a este modelo. El impacto en los ingresos familiares, según él, es visible. “Vivimos del bosque, cosechamos variedad, y vemos el valor de todo lo que la tierra da. La vida está allí. Es sólo tener cuidado para mantenerla”.