Dos hectáreas y media de tierra arcillosa y suelo pedregoso. Un paisaje desértico con seis árboles perdidos, entre olivos y jaqueiras. Moacir Eustáquio da Silva, 72 años, escogió la peor de las tierras para comprar cuando decidió, en 1993, dejar Recife, donde vivió durante 14 años, para vivir en el campo, en Chã Grande, a 82 kilómetros de la capital de Pernambuco. Sus amigos e hijos lo llamaron loco. Recién retirado de la Marina, no le importó y entregó cinco líneas telefónicas (en Brasil, personas eran propietarias de líneas telefónicas, las cuales se consideraban un bien rentable), que valían bastante en aquella época, como pago por la propiedad. Estaba buscando un lugar en que el pudiese empezar una pequeña revolución desde cero.

Nacido y criado en el interior, en Barreiros, a Moacir nunca le gustó la vida de la gran ciudad. La jubilación fue la oportunidad de redescubrir las raíces rurales. Graduado en física, decidió utilizar la tierra destruida como un laboratorio de reconexión con la naturaleza. “Decidí tomar una vida no solo cómoda”, dice. “Quería que fuese, además de productiva y útil, agradable para mí y para otras personas. Me di cuenta de que no podría salvar el planeta, pero podría salvar 2 hectáreas y media”.

En Chã Grande no había agua ni electricidad. Aun así, Moacir comenzó gradualmente a mudarse para allí. Iba los viernes y volvía los sábados para la capital. Después, pasó a quedarse toda la semana. Con la esperanza de hacer brotar algo de aquel suelo, plantaba todo tipo de semillas. Hubo muchos errores hasta el primer acierto. Eso fue porque él escogió un camino. “Me puse en la cabeza que no íbamos a envenenar la tierra”, afirma, refiriéndose al uso de agrotóxicos y prácticas no sostenibles.

TRANSFORMACIÓN VERDE
En las hectáreas que otrora estaban vacías, ahora hay una miniárea de conservación con 46 especies arbóreas significativas, según el relevamiento de uno de los muchos estudios académicos hechos en la propiedad. La revolución sucedió por medio del sistema agroforestal. Cuando hizo la compra del lugar, Moacir buscó ayuda de agricultores y agrónomos de la región para saber cómo plantar en ese suelo. “Lo que viniese lo plantábamos aquí”, cuenta. “Pero perdimos mucho: de 20 tallos, nacía uno, y ese crecía y luego moría. Justo cuando estaba empezando a funcionar, cuatro años después del comienzo, un vecino quemó su pasto –  el fuego avanzó y destruyó el 70% de todo lo que teníamos”.

En aquel momento, la familia  Barreto Silva plantaba hortalizas para consumo propio y, junto con los otros agricultores de la región, en la Asociación de Amigos del Medio Ambiente, había fundado una de las primeras ferias de productos orgánicos de Pernambuco, en la ciudad de Gravatá. “Mi padre ya tenía su jubilación, así que financieramente que no necesitaba eso”, dice el hijo mayor de Moacir, Oto Barreto Silva, 48 años, administrador de la empresa. “Pero siempre sobraba producción. Y él quería tener contacto con personas que pensaban de la misma manera”.

Con la introducción progresiva de las especies de árboles, la tierra sufrió una modificación visible. Animales como el zorro, conejo, tatú y coatí volvieron a circular por allí. Hace 10 años, de la naciente de un río casi extinto, volvió a correr agua sobre el suelo, hasta llegar a propiedades vecinas. Un sendero existe ahora desde la casa del propietario hasta un pulmón de árboles de mediano porte. Diariamente, el espacio se abre para visitas de centros educativos y turistas. Es de esta actividad que la familia – Moacir, su esposa Gloria Barreto Silva, los tres hijos Max, Elk y Oto y tres nietos – obtienen el 35% de los ingresos de la empresa.

En el centro hay varios troncos delgados de árboles muy cercanos. En el medio de los troncos sale un caño, que arroja agua. Del lado izquierdo, un hombre moreno de cabello corto y oscuro y camiseta negra, aparece a un lado y de pie, con la imagen cortada a la altura de su rodilla. Utiliza un pantalón color beige con bolsillos anchos. Moja ambas manos en el agua que cae y mira hacia el señor de la foto anterior, un hombre blanco de gafas, con cabello corto y canoso, camiseta gris y pantalón beige, a la derecha de la imagen. Mira hacia sus manos, que también se mojan en el agua que cae.

Moacir y Oto celebran: la familia logró rescatar la fuente de agua que había dejado de correr en la propiedad (Rafael Martins/Believe.Earth)

LABORATORIO DE EXPERIENCIAS
En 2006, el terreno de Moacir se convirtió en molino. La familia decidió migrar de la producción de hortalizas orgánicas a la cachaça. El Molino Sanhaçu, que podría ser el abandono de los métodos sostenibles, se convirtió en impulso. La idea nació después de que Oto, que es ingeniero, conoció la producción orgánica del destilado mientras trabajaba como asistente técnico de una cooperativa de productores mantenida por el Servicio de Tecnología Alternativa (Serta), en Vitória de Santo Antão (PE).

Fue un reto. En Brasil, la caña de azúcar ocupó siempre un lugar contradictorio. Lleva marcas de esclavitud y desigualdad. “La caña representa más un monocultivo, con todos los problemas agregados, como la reducción de la diversidad de la vida natural en el ambiente”, afirma Edísio Silva, ingeniero agrónomo y administrador, profesor en el Instituto Federal de Pernambuco (IFPE). “En el nordeste, todavía está la cuestión del tipo de cosecha que se utiliza, por medio de la quema, que lleva a la muerte de varios animales y produce hollín en el aire”.

Por lo tanto, la consigna de Sanhaçu no era entrar en el mercado para ser una cachaça y adquirir la etiqueta de orgánico, sino ser una productora orgánica que entró en el mercado de la cachaça. Actualmente, la empresa posee la certificación de IBD, que genera dos inspecciones anuales y un proceso productivo riguroso.

En el año 2015, Sanhaçu se convirtió en el primer alambique del país completamente abastecido con energía solar. Son 15 paneles fotovoltaicos instalados en 35 metros cuadrados, en el techo de la fábrica, capaces de abastecer a toda la producción que ocurre entre octubre y enero y todavía generar créditos en la empresa energética del estado para los ocho meses de temporada baja. Con esto, en promedio la factura de energía mensual es de 40 reales (10 dólares aproximadamente).

Pero uno de los mayores actos sostenibles de Sanhaçu pasa desapercibido ante los ojos desinformados. La propiedad aplica técnicas de producción limpia y reutiliza residuos en todas las etapas de producción de la cachaça. La primera etapa es el corte de la caña, hecho sin quemarla. La familia adquirió una segunda propiedad de 7,5 hectáreas para la siembra de la materia prima.

Para el profesor Edísio Silva, la cosecha de la caña cruda es una de las formas más eficientes disponibles hoy para mitigar los impactos de la cultura de la caña, junto a la planificación de la plantación intercalándola con áreas de bosque nativo. En este proceso, es imposible disociar los factores ambientales de los económicos y sociales. “El cortador de caña, por ejemplo, ha reducido el rendimiento en 30% al cortar la caña cruda”, afirma Edísio. Por otra parte, el profesional – y el medio ambiente – ganan en salud al liberarse de la quema.

En Sao Paulo, la ley 11.241/2002 determinó la reducción gradual de la quema de la caña hasta 2021. Un acuerdo de 2017 adelantó el proceso y el procedimiento pasó a ser prohibido en enero de 2018. El 1º Inventario de Emisiones Antrópicas de Gases de Efecto Invernadero Directos e Indirectos del estado de São Paulo, producido por Embrapa Medio Ambiente con metodologías del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), muestra que, en 25 años, el estado logró reducir en 44,3% las emisiones resultantes de la quema de caña de azúcar.

Por otro lado, en otras regiones, como en Pernambuco, esta mecanización del proceso no es tan simple. “Se necesita una legislación más rígida para otros estados”, dice el profesor. “Y hay una limitación, ya que contamos con un relieve pronunciado en el nordeste, a diferencia de São Paulo. Como Sanhaçu tiene un carácter más artesanal, es más fácil de trabajarlo”.

RESIDUOS REUTILIZADOS
La empresa también emplea métodos de mitigación en la fase de la molienda de la caña, la segunda etapa. Son 200 toneladas molidas por año – un 30% sería bagazo desechado en el medio ambiente, pero el 10% se utiliza para generar energía térmica para el alambique, en sustitución del gas natural o leña, y el otro 20% continúa hacia un sistema de compostaje.

La fermentación, proceso que extrae el alcohol del jugo de la caña de azúcar, se hace con el fermento natural producido en el molino, en lugar de elaborarlo con levaduras industriales. Ya la vinaza, líquido pastoso resultante de la producción y rico en nutrientes, que puede contaminar el suelo y las capas freáticas, si se desecha sin tratamiento previo, se reutiliza para la fertirrigación. En este proceso, la dosis correcta de vinaza permite la fertilización y la irrigación de la tierra al mismo tiempo e incluso se utiliza en la alimentación animal. En el molino Sanhaçu, son 120 toneladas de vinaza al año, que dejan de contaminar los manantiales.

La primera y la última parte del proceso de destilación, en el que serían descartadas por tener calidad inferior, se transforman en etanol para usar en los coches de la familia. Por año, son 1.200 litros de etanol, capaces de abastecer dos tanques de un vehículo por mes.

Todo esto viene de las constantes investigaciones de Moacir. Incluso no estando al frente de la administración de la empresa, no para de tratar de mejorar las prácticas sostenibles. Una de las soluciones más recientes fue la compra de dos barriles de 25.000 litros para la captura de agua de lluvia, que ya hace un año, se utiliza para la refrigeración de la cachaça y también en la limpieza.

Sin embargo, el gran orgullo de la familia es cuando alguno de los 2.000 visitantes mensuales pregunta qué son esas dos fotos que muestran la zona sin ningún árbol – donde hoy está la reserva ecológica del molino –, puestas sobre un pedestal en medio del bosque. La respuesta viene cargada de significado: son los recuerdos que quedan de la propiedad castigada en el pasado